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No, LaCriba no cree en los monopolios, porque los monopolios uniforman la literatura, y la literatura debe ser variedad. LaCriba ve con agrado la proliferación de riesgos literarios y editoriales, de quienes asumen la responsabilidad de equivocarse, de quienes agarran una pluma y le dedican tiempo. El tiempo con que contamos es finito: realmente no tenemos otra cosa para dar. ¡El amor es tiempo dedicado! Quizá es por eso que el lector a veces no se anima: "Si compro este objeto, ¿podré después dedicarle tiempo?".


Y hay consumidores que valoran la inteligencia, que compran un libro para portarlo, para que se note en la calle que les interesa, con la esperanza de que otro se pregunte si serán filósofos, si debajo de esos litros de agua de colonia hay un ser verdaderamente pensante. Ellos no tienen tiempo ahora para los libros, pero están en camino de tenerlo, porque han convertido el modelo que imitan en meta. No se burle nadie del imitador, porque el imitador está próximo a sus objetivos.


En LaCriba nos falta el tiempo: por eso nos gusta ver el avance editorial de otros colegas. E imitamos; imitamos superficialmente apenas los modelos de otros que nos preceden. Pero ¡estamos en camino!



No lo digo sólo porque quiera vender: Absenta dulce es sobre todo producto del trabajo duro de Ada Torres Toro. Diez años de investigación, pero cerca de quince de replanteamientos, tejidos narrativos, viajes, discusiones, golpeteos, volteretas en la almohada... quisiéramos tener algún día en nuestras manos los borradores, los pasos en falso, los caminos que el ingeniero Pasquier decidió abandonar. Usted esas cuatrocientas páginas se las va a leer en dos días, porque están fluidas, pero sus dos días de lectura tienen un trabajo largo detrás. LaCriba sintetizó seis o siete meses en dos o tres con dobles turnos, y seguirá invirtiendo, porque es su trabajo, su aliento, su razón existencial la de hacer libros, pero vendrán otras editoriales con el tiempo y con la vuelta al mundo, vendrán otros trabajadores, y nuevos ojos cuando la obra esté en marcha. Vendrán traductores, y muchos lectores, siempre con el mismo título y la misma autora. Porque se lo ha ganado. ¿Y a poco no la minuciosidad de Manhattan Rivera en el busto de la portada y la detenida intervención gráfica de Radamés Rosado son un preciso retrato del trabajo duro?

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