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La figura del editor se ha comercializado con la mercadotecnia con la que se presenta a los profetas. Se sienta el editor de adquisiciones en el anfiteatro a decidir con el pulgar si un manuscrito muere, pues conoce las leyes de la estética, los secretos de los mercados segmentados cuidadosamente por los oráculos del capitalismo tardío.


A pesar de la realidad editorial, esa figura del editor persiste junto a la del escritor que te arruina la eternidad con sus poderes literarios si le caes mal (uy, qué miedo). ¡Y las portadas! Cada una más alucinante en competencia directa con otra ante la cartera de un consumidor al que el dinero le sobra y le quema los bolsillos. Pronto, a intercambiarlo por un cuadro colorido que me reviente el corazón.


Pero los libros no obedecen estas reglas. Y ni su valor estético no se asocia con lo mucho o con lo poco que vendan. Son artículos dirigidos a un consumidor que valora la inteligencia, de un modo o de otro. Da igual lo que diga la cuarta de forros, que forma parte del mercadeo inicial. Esa fase de ventas puede ser muy exitosa, pero en un libro que no incite conversaciones, y que ni siquiera pueda el lector terminar, llevará exactamente a lo mismo que una publicidad fracasada. Y no hay editor que pueda anticiparse, por muy buen olfato coyuntural que tenga.



En los albores de mi carrera los alumnos del seminario que estudiábamos la producción editorial conformamos un sello fugaz llamado La Intendencia de las Letras, considerando que en la institución literaria los correctores nos reuníamos en los cubículos que están detrás de los elevadores. Aceptábamos así la invisibilidad, la camaradería del discípulo que aprende el oficio en el taller, según cierto pacto sociológico. Esto implicaba entender que la corrección que hiciéramos debía integrarse al texto hasta volverse invisible, pues cualquier cosa visible más allá del propio texto perjudicaba el libro. Una corrección, pues, más que un acto de construcción, es uno de limpieza que se hace en favor de la mancha tipográfica, que lo es todo para el lector. Es decir, los correctores somos como barrenderos.


Un libro no es como cualquier otro juguete lleno de brillantes que llama la atención. La portada más bella es un accesorio inevitable que existe en los forros, dispuestos para proteger el contenido, pero no es capaz de mover a recomendaciones: eso lo logra sólo la claridad de la lectura, que un buen barrendero debe asegurar. Un contenido legible podría tener cualquier portada. Y si el libro tiene sentido para un nutrido grupo, ya nadie repara en su fosforescencia. Así, pues, la popularidad de un libro depende más de su legibilidad que de su seducción superficial. Claro, la peor arquitectura no mejora en las manos del mejor barrendero, pero las más bellas estructuras se vuelven invisibles si están cubiertas de basura. Y ese criterio gobierna también la diagramación: la prioridad del diseño editorial no es la estética, sino la ergonomía, a sabiendas de que leer no es fácil ni para los eruditos, aunque se jacten.


Todo editor que se precie empieza en el cotejo de pruebas. A veces había sesudos que deseaban irrumpir en el taller con su sabiduría, pero el cotejo de pruebas requiere humildad, y tal humildad es útil en la corrección de pruebas, en la de estilo y en el cuidado editorial. Lo que sepas importa un carajo: te han confiado la conciencia de otro, y tu objetivo es prepararla para la legibilidad, no "mejorarla". Los principios de morfosintaxis son sólo el principio de las consideraciones que se deben tener ante una caja de texto. Si el sesudo aprendía a desconfiar de sí mismo y a verificar, se convertía en un buen limpiador. No un guardia de la ortografía, sino un instrumento de la uniformidad. ¡Las variaciones expulsan al lector del libro!


Barrer es sólo barrer. Pero aprender a barrer tiene su chiste.


Gracias a Jesús Eduardo García, dondequiera que esté eso que llaman eternidad.



Nuestro cronograma va a explotar 2023 en cuatro dígitos inconexos, y por eso dejaremos de recibir nuevos manuscritos y propuestas el domingo 19 de febrero. Pero no te preocupes, porque volveremos a abrir las puertas de nuestra bandeja de entrada en cuanto acabemos con los pendientes.


El resto del año es para los lectores.


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