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Juguetes individualizantes


Supongamos que usted ya a los ocho años sabía que quería ser escritor. Desde entonces puso más empeño en sus clases de español, compró libros que se tardó años en leer o que aún no ha leído, se reunió en círculos, comprendió herramientas comunicativas y ya sabe lo que es una aposición. Ahora que tiene un dominio pleno del lenguaje, no tiene mucho que decir, y si quiere recurrir a su propia vida como fuente de inspiración, sólo encontrará momentos de aprendizaje de la lengua. Nota entonces que otras lecturas estimulan su imaginación, y sigue leyendo. Pero con los años las ideas no pasan del concepto, se encuentra incapaz de desarrollarlas. Valora además la comunión con el texto, jamás le ha gustado imponer protocolos. Usted ya forma parte de la cadena literaria, no es necesario escribir, pero aún así siente un vacío, quisiera alzar la mano y participar. Y si no se convierte en editor, es porque esa especie de inversionista literario le da náuseas. ¿Crítico literario? No, demasiada ciencia para el estudio de un animal imaginario. Ese vacío, ese vacío. En internet usted lee a otros y se deja leer, pero además de que el intercambio es fugaz y se siente hasta vano, continuamente lo hacen encabronar. Disparan rápido. Ni siquiera se toman la molestia de leer completo lo que usted ha dicho. Y, la mera verdad, usted tampoco, porque leer en internet es, por alguna razón, una compulsión incómoda. El intercambio superficial de ideas es imposible. Extraña los libros. Pero tanta soledad. Leer es una actividad sumamente solitaria. Esa emoción, esa explosión de ideas, para luego no hablarlas con nadie a quien le interese.


¡Cuánta falta le hacen al siglo XXI las tertulias!

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