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El sastre del emperador


Aunque los consumidores se lo piensan antes de comprarlos, los libros tienen un valor extraordinario. Incluso si son de limitado alcance. Muchos se imponen la meta de publicar al cabo de la experiencia. Tiene sentido: alguna vez, editando el Popol Vuh, aprendí que para los mayas leer un libro equivalía literalmente a traer a los muertos de sus tumbas, perturbarlos, para ponerlos a hablar. Pobre Cervantes, que no puede descansar en paz.


Más allá de ese valor adquirido por la posibilidad de que el alma se quede impresa, aunque sea allí en un rincón del librero lleno de urnas fúnebres, el libro adquiere valor por otra parte. El orgullo de que un editor que no es tu amigo ni tu hijo ni tu mamá te diga que sí, que invertirá en tus palabras, da un valor añadido del que emana satisfacción, aunque luego el libro no se venda.

Eso, que el libro no se venda después, debido a la gran variedad de opciones que reclaman tu ocio, es la razón por la que los editores que se toman el tiempo de valorar si invertirían en tu libro están desapareciendo mientras en su lugar aparecen editores que te dicen que sí siempre y cuando les pagues, y, además, que la satisfacción de ver tus palabras en un impreso sea suficiente está haciendo que proliferen las empresas dedicadas a los servicios editoriales. ¡Amazon incluso te vende un libro con tu nombre al precio más accesible! Total, si el libro no se va a vender, ¿para qué necesitas la edición? La pura portada y tu nombre en el lomo bastan para impresionar a los invitados.


Convencido de que esos libros que quizá sólo yo leía eran una especie de traje nuevo del emperador, despotriqué a veces contra mi trabajo. A veces parecía que no importaba qué tanto me esforzara: allí estaba el trofeo del autor, y pocos se atreverían a ponerlo a prueba, a menos que tuviera muchos enemigos.


Desarrollé una especie de sentimiento de sanguijuela, pero al mismo tiempo me fui dando cuenta de que en realidad había pocas cosas que no valía la pena publicar. Me enfrenté entonces filosóficamente con la calificación "publicable", y entendí que, en lugar de aspirar a encontrar al genio entre las piedras, debíamos aspirar a fomentar el gusto por poner atención.


Póngase usted a pensar: los grandes narradores no se han alimentado sólo de maestros. Tarantino, muy célebre él, aunque no por haberse dado a conocer como escritor, se alimentó de la literatura Pulp por años. ¿Y no los libros de caballerías terminaron por parir al Quijote? ¿Quién hoy despotricaría porque los libros de caballerías no son literatura? Aunque así lo haya fomentado la publicidad, en realidad ésta no es cosa de un sacerdote que les da sermones a sus feligreses. Es un fenómeno social lleno de referencias, de símbolos comunicativos. La que perdurará se alimenta de la literatura de coyuntura. Recientemente corregí un libro lleno de contrastes, con cartas de amor melosísimas y una prostituta que se ahoga en su propia mierda. Esa riqueza se perderá con autores que sólo se quieren alimentar de Borges, y con editores que sólo quieren publicar a Rowling.


Luego, entonces, sí necesitamos fomentar el gusto por la escucha, y necesitamos ese valor dado por alguien que decide invertir en otro alguien. Nosotros en LaCriba lo estamos haciendo, pero la verdad es que no sabemos todavía si nuestro experimento será sostenible. Sólo teníamos experiencia para invertir, y, apenas obtuvimos algunos ingresos, los invertimos, o nunca empezaremos. El proyecto parirá los libros que tenga que parir. Sin caridad ni inyecciones de vida excesivas, porque eso es trampa.

Esto me lleva a revalorar los sitios donde adquirí mi experiencia. Sí, empecé en la universidad, pero también pasé por editoriales subsidiadas por el gobierno que no tienen que preocuparse por su futuro. Y pasé por pequeñas editoriales que venden sus servicios a instituciones y a autores.


Venderle al autor la posibilidad de su manuscrito es una práctica de la que hemos vivido todos. Nosotros aún lo hacemos en algunos títulos, o no podríamos subsistir. Puedo criticar, pero allí tuve oportunidad de no detener mi formación. No dejo de reconocer que el subsidio es trampa: mata esa fuente de valor dada por alguien que no es tu mamá ni tu amigo entrañable dispuesto a invertir algo en tu trabajo.

Si la práctica del oficio de la edición se está perdiendo, porque las escuelas donde se aprendía del maestro con la práctica han quebrado, y la universidad no basta para darnos las diez mil horas de experiencia que necesitamos para volvernos expertos, estamos ante el reto de tener que sostener una escuela que además produzca y sea autosuficiente. ¿Las editoriales han de superar esos retos renunciando desde el principio a los servicios editoriales?


Yo creo que los servicios editoriales pueden subsistir y también la inversión que avala el interés en lo que otro tiene que decir. La clave está en que los servicios editoriales se ofrezcan a instituciones, y que los filántropos que quieren lucirse donando a la cultura dejen de hacerlo y se conviertan en inversores; que abran sellos que compran derechos y pagan por servicios de producción. Si yo fuera un "filántropo", eso es lo que haría con mi dinero, en lugar de tirarlo al aire en espera de que, aunque no suceda nada, me gane el amor de los que se ponen a recogerlo.

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