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Desde el explosivo e inesperado nacimiento de LaCriba en 2021, desafiamos varios supuestos con los bolsillos vacíos para someter al fuego de la realidad nuestras ideas, a sabiendas de que la lumbre no tiene dueño ni respeta límites territoriales. Pero se equivoca quien piense que en nuestro reino sólo caben nuestras ideas: sabemos que la colaboración y la generación continua de teorías son necesarias para explicar un mundo siempre más grande que el enjaulado en una cabeza. Por eso, el taller donde trabajamos es un santuario para la experimentación, para la conversación permanente, para el nacimiento de ocupaciones extravagantes, para la batalla sin tregua.


El libro ha cambiado poco en quinientos años, y por eso no aspiramos a sorprender con su invención, sino que, al hablar de experimentación, nos referimos a la exploración de los territorios de la producción del libro: esas variaciones que nos permiten hacerlo realidad en este extraño ahora. Con poco capital. Sin demanda suficiente para aprovechar las bondades de los complejos industriales, que son también las que han puesto en jaque nuestro planeta.


No somos una publicadora. Somos una editorial. Esto es importante en la era de la posverdad, de la publicación directa y al alcance de quien la quiera tomar, pues reivindicamos la edición como arma contra la desinformación y como plataforma mediática. Que las buenas prácticas de edición entre miles de editoriales diminutas nos ayuden no a seleccionar, sino a escuchar al otro con detenimiento y atención. No para evitar la polémica, sino para que ocurra en el terreno de una conversación profunda y no en el de un murmullo como venido de la garganta de Cthulhu.


Es por lo anterior que no buscamos el best seller, sino propuestas donde la intención comunicativa se eleve sobre el egoísmo natural del autor. Y medimos la intención comunicativa por la seriedad y el esfuerzo, por la colaboración en busca de una abstracción llamada calidad, no con el propósito inmediato de vender miles, sino de que los libros se distingan del post porque éste es efímero, y aquéllos perduran. Aquí no le rendimos culto al dinero, a un ídolo de manos invisibles llamado mercado. Y quien crea que hablamos demasiado, si trata con nosotros, notará que aun así lo hacemos de manera cuidadosa, porque nos parece aberrante ese típico comportamiento publicitario de vender percepciones y promesas.


Que editar autores puertorriqueños desde Lajas, Puerto Rico, sea un estandarte contra los pretextos. La libertad de expresión es posible. Usemos la modernidad como herramienta y no como una conquista terminada.

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