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La maldita


Ese vino, La Maldita, tiene portada y cuarta de forros. En la cuarta de forros se promete lo que yo interpreté como un cuidado editorial único, porque la uva con que lo hacen es una maldita a la que renuncian casi todos los vinicultores. Por supuesto, los que hacen La Maldita no, porque tienen el propósito de demostrar cuán hábiles son en el arte de la elaboración, sin depender tanto de la materia prima. Aunque ese discursito me pone de buenas, no compré la mugrosa botella porque finalmente no sé nada de vinos como para poner a prueba tal afirmación y porque el propósito de medioemborracharme no vale más de diez dólares. No compré el vino, pero le saqué jugo editorial.

Por una parte, elegir la edición de un clásico puede ser un error. El clásico te lo van a comprar lectores que ya conocen el libro, que lo han visto en formas magníficas. Si el clásico no ha visto aún su mejor forma, al menos sí ha visto formas superiores, y dar un paso atrás puede ser muy peligroso. La portada que propongas puede ser muy buena, pero la portada es importante para el mercadeo inicial de un libro nuevo: un clásico podría tener como portada sólo una elección tipográfica excelente, porque allí ya importa más el cuidado en el contenido, así que tu visión gráfica no importa mucho.


Por otra parte, editar a la figura pública es peligroso, porque tiene admiradores y enemigos. Los admiradores pasarán casi todo por alto, pero los enemigos no. Cuando trabajé para el gobierno federal en México, fui testigo de enemigos que incluso son capaces de calificar cuestiones de criterio editorial como errores, sólo por joder. Si tienen un micrófono y se dirigen con autoridad y un discursito convincente a un público que no sabe nada, tu carrera está jodida. No podrás defenderte.


Lo que los vinicultores de La Maldita prometen equivale al tipo de editorial que aceptaría el reto de editar a un clásico o a una figura pública. Me gustan. Pero aun así no les compré el vino porque finalmente yo ese líquido me lo trago. Me parece inútil saborearlo. Encuentro el goce en la alteración de la conciencia, pero mi paladar está arruinado por años y años de salsa de chile de árbol y habanero. Mi placer en los sabores está en la acidez del limón. Quizá es un vino barato para gente de gustillos delicados. Así, me pregunto cuánto deben costar los libros que hago para que se vendan a un público más amplio. Ahora mis precios dependen de los costos de producción, pero deben depender del mercado. Eso puede sonar muy capitalista, pero recuerden ustedes que los chinos tienen un muy exitoso partido comunista apegado a la ley de la oferta y la demanda.



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