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EL ROCKANDROLL DE LOS CRETINOS

Sin duda hay algo de odioso en el don Perfecto que hoy se mete a corregirnos cuando, sin querer, publicamos alguna falta ortográfica o, peor, moral. Y no es que nos lo parezca simplemente, sino que en realidad sí se trata de un ejercicio detestable, porque de inmediato da a ese inesperado corrector la facultad de cobrar su “regalo” no ya con dinero, que no está pidiendo, sino con autoridad, facultad jerárquica sobre uno, para quién sabe qué misterioso fin. No es una cosa nueva: lo hacían y lo hacen, por ejemplo, las beatas y los fieles de la iglesia, con su chismorreo sobre los vicios y los pecadores y con su pulcritud superficial sobre los atuendos y sus costos.


De cualquier criterio comprendido a medias se cuelga el Superior Moral para hacerse publicidad por facultades que lo hacen sobresalir y que le justificarán autoridad sobre un semejante. Y vale la pena señalarlo, para prevenirnos y cuidar nuestra autoestima, porque todos metemos la pata, y siempre habrá alguien especializado en convertirnos en escalón o banquito donde podrá posarse para parecer más alto.


Sin embargo, también hay que señalar que esta observación popularizada y nada novedosa ha funcionado como justificación para que el Cretino Persistente se esconda. Con el pretexto de que hay que erradicar la figura del Superior Moral en favor de una sociedad menos elitista, parece hoy que nadie debería aspirar a la mejora, que nadie debería arrojar una crítica, que cualquier ejercicio orientado a buscar un progreso atenta contra el pueblo, lo humilla. El discurso del Cretino Persistente consiste en convencerlo a usted de que el mundo es gris y no vale la pena aspirar a un bonito negro o un bonito blanco. Mire usted la caca en las paredes del baño y… no la limpie, porque forma parte del entorno. Acéptela. Acostúmbrese a olerla. Aguante, como me aguantaba la Generación que No Era de Cristal, y no se crea ya tan importante, porque usted es tan vil como... yo mismo.


Y ¿quién es el Cretino Persistente? A pesar de sus múltiples rostros, a pesar de que se le puede encontrar en cualquier sitio del espectro político, a la izquierda o a la derecha, disfrazado con alguna causa noble que usa para hacerse la víctima cuando cae en desgracia, en general se puede pensar en él como un ser sin orgullo, ese que parece convencido de que el fin justifica los medios y que no tiene reparo en lucrar con la desgracia. Es decir, si, por ejemplo, el fin es conseguir un trabajo o ganar un premio, el cretino persistente no duda en presentar como suyo algo que él no hizo. Si el Cretino Persistente tiene competencia, en lugar de afrontarla, se dedica a desprestigiar a su rival en tableros exclusivos donde el otro no puede meter las manos. Si tuviera orgullo, el Cretino Persistente obtendría alguna satisfacción de saberse capaz, pero ello es lo último que le importa. El Cretino Persistente no quiere dejar de ser cretino, pues considera que su cretinidad, ganada a pulso, es una virtud, una ventaja que sólo los tontos rechazan, porque la moral es un árbol que da moras y sirve para una chingada. Podría causar cientos de accidentes aeronáuticos trabajando sin saber nada en una torre de control y aun así dormir tranquilo.


Es del orgullo propio que nace nuestro sentimiento de moral. Los equipos que entran en la cancha con una moral alta suelen acumular triunfos. Y la alta moral del deportista que se concibe batiendo récords sin recurrir a ventajas externas a las que le da su propio cuerpo da origen a su ética, pues alimenta su orgullo mejorando todos los días su propia capacidad en lugar de buscando vacíos en la letra chiquita. Así, la ética sólo tiene sentido ante los demás, pero puede tener origen en el amor propio. Aunque resulten odiosos los Superiores Morales, aunque no seamos perfectos hoy, cuando metemos la pata, sabemos que tenemos orgullo porque pensamos cómo no meterla mañana.


Parece difícil, parece que hay que escoger entre la Superioridad Moral y la Cretinidad Persistente. Pero, aun si lo fuera, ¿es que no tenemos orgullo para asumir esa dificultad, incluso sabiendo que la aspiración es imaginaria? ¿Es que nos da miedo perder el amor que nos tenemos si ponemos a prueba nuestras facultades y nos encontramos ante la necesidad de mejorarlas?


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