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LA GRANDEZA ES ANACRÓNICA


No se trata de criticar la maestría para hacerle un boquete, insertarse y luego cerrar la puerta detrás cuando uno ya forma parte de los elegidos. Mire usted, las obras maestras sí existen, y lo más probable es que usted no sea el elegido capaz de crear una, por mucho que su ego quiera convencerlo todas las mañanas cuando se mira en el espejo. "Yo soy grande." A mí también me pasa: me miro al espejo y me digo: "Yo soy grande". Pero la verdad es que no me toca a mí determinarlo. De hecho, ser grande necesita un punto de referencia externo, un criterio que no me pertenece. Si me perteneciera, incluso la intención de ser grande carecería de sentido, porque se es grande con respecto a otra cosa, en oposición visible a lo que no es grande. Y se quiere ser grande para otros, o sería suficiente con repetírselo uno en el baño a solas cinco minutos todos los días. Pero uno quiere trascender. Y aunque venda usted muchos libros en su coyuntura, rebasar la barrera del tiempo, permanecer, escribir para la posteridad, para rebasar la moda de la viralidad en TikTok, no depende de las intenciones. Así es: el criterio de lo que es grande no le pertenece a uno. Si ser grande dependiera de criterios técnicos exactos, existiría una escuela y todos asistirían, y habitaríamos un planeta plagado de gigantes.


Nuestro criterio de la grandeza sólo puede aplicarse a libros de otros tiempos, que han sobrevivido el fuego de distintas lecturas, y siguen teniendo potencial para despertar el Síndrome de Stendhal. Caducará cuando lleguen otros y cambien su criterio pero la obra permanezca. Se castigará en las escuelas a quienes hagan lecturas anacrónicas, pero seguirá practicándose el anacronismo en secreto. Lo grande lo es porque alienta otras creatividades, muchas, aunque no lleguen a ser grandes. Sugiere, sigue sugiriendo. No está acabado y jamás lo estará. El Quijote, el más grande de todos, sugiere ya la ciencia ficción en su tiempo, y Pierre Menard no podía saberlo cuando lo escribió. De hecho, él no lo escribió. Lo escribió Descartes cuando planteó la hipótesis del genio maligno.

Así de grande es El Quijote. Rebasa incluso a su autor. Así que cuando un autor me viene con una pataleta porque eso que yo estoy entendiendo no es lo que él quería decir me muero de la risa, porque esa necedad en el control es el primer paso para eliminar el potencial significativo de su obra. Y así quiere ser grande.


Lo más probable es que cuando alguien se declare poseedor del criterio para reconocer la grandeza se trate de un vendedor. O de un candidato político. Aquí, en esta maleta, está el bienestar para tu familia. Pero no, tampoco se trata de criticar los criterios de la grandeza para fumigarnos de vendedores y candidatos. No: es que escribir y leer, seleccionar, a partir de un manual es tremendamente limitante. Eso mata la libertad de disfrutar. Y acota las posibilidades de llegar a la grandeza, de jugar con los signos, de torcer reglas para ensancharlas. ¡Y tampoco se trata de no establecer límites!: allí donde están las fronteras está la materia para tener una figura. ¡Es importante que sea legible y claro que se trata de una figura! Más bien es que si estás partiendo de un manual, la figura ya está establecida, pero no la estableciste tú, la estableció otro, y ese que la estableció, si fue posible, es el verdadero maestro. Pero entonces ya no habría cabida para nuevos maestros, y la verdad es que no dejan de surgir, así que habría que preguntarse si uno de ellos fue capaz de abstraer la originalidad para entregar ese fuego al resto de los mortales. "Y desde entonces todos fuimos felizmente originales." Juar juar.


Así que déjese de valoraciones morales y estéticas y póngase a trabajar en el signo de sus tiempos. Si algo nos sobra son vendedores y candidatos. Si algo nos falta son constructores.


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