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1984, todos los años.


Innumerables denuncias hay en narrativa contra ciertas aspiraciones ideológicas a partir de la figura de la distopía. Porque son un horror nacido del sueño desquiciado del bienestar, un atentado contra (alguna definición de) la libertad, aplastada por el dominio de una lógica ideológica inquebrantable y total, a la que deben subordinarse no sólo todas las acciones, sino incluso la realidad. Aunque se ha visto derrotada la mayoría de esas aspiraciones ideológicas (en las que todo estará bien cuando por fin todos sean como yo), en algunas ocasiones no de manera definitiva, hay una dominante y persistente, a la que por cierto no le faltan denuncias, aunque no se identifiquen como distópicas: la idea de que el bienestar y la propia libertad parten de extensiones del cuerpo llamadas propiedad privada. Y a pesar de que en la convención ningún derecho se subordina a otro ni lo anula, en la práctica la tensión principal entre grupos se subordina a esta realidad distópica en que la propiedad privada justifica atentados contra la educación y la salud, la negación de servicios a personas que no pueden concebir nuestros prejuicios e, incluso, en algunos casos, el asesinato. Nuevamente, ¡El sueño de la razón produce monstruos!


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